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NADAR CON DELFINES EN LIBERTAD EN LAS ISLAS AZORES

Nadar con delfines en libertad en las aguas azules y cristalinas del océano Atlántico, encontrarte con ellos en su medio natural es una experiencia sin igual que te emocionará y que nunca olvidarás.

Hace unos años, viajé con mi pareja a las Islas Azores en busca de un lugar alejado del turismo de masas.

Pero lo que nunca pensé fue que me iba a encontrar un paraíso en todos los sentidos. Cuanto más profundizaba en la organización del viaje, más me enamoraba del archipiélago.

Tanto él como yo somos amantes de la fauna en libertad y de la naturaleza, respetamos profundamente el entorno que nos rodea y las Islas Azores eran en lugar ideal para hacerlo.

Las islas Azores están consideradas como uno de los 10 mejores destinos del mundo para observar ballenas y delfines.

Viendo esto, una de las actividades que había que hacer sí o sí era nadar con delfines en libertad en medio del Atlántico.

Sabíamos que no nos íbamos a arrepentir, bueno eso no es del todo cierto, sí que nos arrepentimos de una cosa y es de no haber llevado a nuestros hijos con nosotros, porque literalmente habrían FLIPADO.

Para poder contratar la actividad, para mí era imperativo que la empresa con la que lo realizáramos fuera una empresa de turismo responsable, puesto que, me encontré con bastantes empresas que ofrecen este servicio.

Cuando hice la reserva no lo sabía aún, pero creo que realizamos la actividad de nadar con delfines en libertad con los mejores.


La mañana en cuestión ya nos levantamos con mariposas en el estómago, no veíamos el momento de zambullirnos en el agua y eso que no sabíamos lo que nos esperaba.

Cuando llegamos todo eran nervios y emoción.

Después de ponernos el traje de neopreno nos reunieron para darnos una pequeña explicación de lo que podíamos ver en nuestra salida dependiendo de la época del año en la que estábamos.

La bióloga nos dio todo tipo de información e instrucciones para poder disfrutar al máximo de la experiencia.

Hicieron mucho hincapié en la seguridad, tanto en la nuestra como en la de los delfines.

Por supuesto NO SE LES PUEDE TOCAR, es algo que, aunque evidente no está de más recordar.

preparados para nadar con delfines


Llegó la hora de subirse a la zodiac. El corazón se me iba a salir del pecho, casi me faltaba el aire.

Salimos del puerto despacio, dando un paseo, pero cuando llegamos a mar abierto… ¡velocidad a tope! No sé cuánto nos alejamos de la costa, solo sé que mirara donde mirara solo veía la inmensidad del océano.

¡Qué sensación de tranquilidad y nervios a la vez!

Las Islas Azores habían sido un archipiélago cazador de ballenas, pero supieron rectificar y dar la vuelta a la tortilla, dejando de realizar esa actividad y cambiándolo por actividades turísticas de avistamiento como la que íbamos a realizar nosotros.

¡Bravo por los azorianos!

Aprovechando su pasado, utilizan las mismas torres de vigía que se utilizaban para cazar ballenas, que están estratégicamente colocadas en los puntos más altos de la costa para avistar a los cetáceos y de esa forma dar instrucciones a las embarcaciones del lugar exacto donde se encuentran.


Compartimos zodiac con un matrimonio alemán mayores que nosotros, así que como la juventud te hace ser más intrépido elegimos los asientos que se encontraban delante de la embarcación.

Fantástica elección, por cierto.


con el viento en la cara


Hicimos una primera parada y la bióloga que nos acompañaba se percató de que estábamos a punto de saltar sin que ella nos diera vía libre así que dijo que primero nadaríamos nosotros y después los otros dos componentes del grupo, que afortunadamente no tuvieron objeción alguna, creo que ellos también se dieron cuenta de nuestras ansias.

¡Allá vamos!

Entramos en el agua muy despacio para no asustar a los delfines.

Yo,  después de la travesía tenía un poco de frío y la temperatura del agua no es que fuera muy  cálida tampoco.

Nos habían indicado que lo mejor era no chapotear e intentar hacer el menor ruido posible, así que allí estaba yo nadando como una abuelita solo con los brazos y a cámara lenta, pero con la cabeza bien dentro del agua para no perderme nada.

dentro del agua


Los primeros momentos fueron un poco tensos porque no veía nada, por más que miraba a todos lados. 

Pero como no hay nada mejor en la vida que la paciencia, enseguida escuché los silbidos tan característicos de los delfines, ¡esos que tantas veces había oído en la tele!

Adiós al frío, empecé a sudar de la emoción y pensé: “si los oigo, no deben estar muy lejos, ¿no?”

Y al momento aparecieron dos delfines frente a mi, nadando rapidísimo y jugando entre ellos.

Contuve la respiración como si al respirar los fuera a asustar.

Uno de ellos no paraba de mirarme fijamente mientras se acercaban a una velocidad de vértigo y cuando pensaba que se me iba a echar encima, desapareció por mi izquierda.

¡Guau!

¡Delfines bajo el agua!


Después otro grupo de 5 delfines jugueteaban a mi alrededor, debe ser que el estilo abuelita les daba seguridad.

Y cuando se alejaron volvimos a la embarcación para movernos en busca del siguiente banco para que nuestros amables compañeros de viaje también pudieran disfrutar de la experiencia.

delfines en alta mar


Así lo hicimos, sumergiéndonos una pareja cada vez y viendo a los delfines juguetear y nadar en total sintonía con el océano.  

Nuestra compañera germana comenzó a marearse en su segunda zambullida, lo que nos vino de perlas a nosotros porque la bióloga, que además era española, nos dijo que ellos ya no querían volver a sumergirse así que se tiró el rollo y al final nosotros hicimos nuestras 4 inmersiones más las dos de nuestros amables compañeros de travesía.

¡Más perfecto no pudo ser el día!

No sé cuántos delfines vimos en total pero yo calculo que cerca de 30 ó 40 -no exagero, de verdad-. Lo cierto es que el número es lo de menos, yo con solo haber visto uno ya me conformaría. 

Durante el camino de vuelta nos acompañaron, nadando junto a nuestra embarcación y jugueteando entre ellos. ¡Qué maravilla!

Tener la suerte de nadar con estos bellos animales en total libertad, sintiéndome un delfín más, es un sueño hecho realidad.

Cuando volvimos a puerto nos dimos una ducha caliente  y nos invitaron a un café o un té que nos dio la vida.


Tengo que decir que cuando pisamos tierra nuestra compañera comenzó a encontrarse mejor y nos dijo que se le había olvidado tomarse las pastillas para el mareo, pero que con solo dos zambullidas tuvo suficiente.

¡Pues imagínate nosotros que hicimos seis!


Tener la inmensa suerte de nadar con delfines en libertad, una experiencia que deberías vivir al menos una vez en la vida.


Por suerte yo voy a poder repetirla, porque en julio de 2022 viajaré de nuevo a la isla de San Miguel en las Islas Azores con un grupo reducido de personas que quieran vivir ésta y otras experiencias.

¿Te animas?

Aquí puedes ver todos los detalles del viaje

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